Kierkegaard escribió, acorde a su infinita soberbia, un pequeño apunte con el que estoy dolorosamente de acuerdo:
Así yo dejaré en pos de mí un capital intelectual nada pequeño [no está bien que lo diga él, pero cómo negárselo], sé también quién recibirá mi herencia; él, esa figura que me es tan inmensamente antipática, precisamente él, que hasta ahora ha heredado y que heredará además lo mejor de mí mismo: el docente, el profesor.
Es una afirmación ingrata, claro, pero verdadera. La posición del profesor es relativa; media entre dos saberes encontrados: el del autor y su obra, que verán en él a un traidor; el del aprendiz que, si no muestra interés por saber, lo verá como una mosca molesta; si lo muestra, lo acusará de propaganda.