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miércoles, 7 de mayo de 2014

Mi lista de diez
obras fundamentales de la pintura española

José Miguel, autor del blog ab laeva rite probatum, nos animaba hace unos días a crear una lista, nuestro "top ten" de obras de arte españolas que consideramos fundamentales. Inherente a la confección de una lista de este calado es el inmediato rechazo a su fundamentalismo, por lo que en su propia creación está su sentencia de muerte. Para superar lo anecdótico o la elección caprichosa, José Miguel dejó a un lado sus preferencias personales y optó por elegir aquellas obras que consideraba más representativas de la Historia del Arte, las que han podido ejercer una mayor influencia.

Indudablemente, la lista de José Miguel podría ser suscrita por mí (podéis verla aquí, no se le puede poner un pero). Así que, para evitar el calco, debo modificar ligeramente las normas. No he podido evitar repetirme en el primer cuadro de mi lista, considérese como un reconocimiento a su irreprochable selección. Pero me animé a coger atajos, pues no he podido (o no he sabido, o no he querido) evitar, en la mayoría de las ocasiones, elegir a los mismos autores. No les he dado un orden cronológico, pero de ello no debe extraerse que los primeros sean superiores a los últimos. De ninguna de las maneras.


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La familia de Felipe IV (o Las meninas, 1656)
Las Meninas (D. Velázquez, 1656)

Las Meninas, de Velázquez. No creo que haya una obra tan significativa del arte español como ésta. Todo un atrevimiento del genial pintor andaluz, un anticipado "selfie" que colocó la figura del pintor junto a la familia real (observad que está a una mayor altura. Nada, un detalle). 


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Muchacho encendiendo una candela (o El soplón, 1571)
El soplón (El Greco, ca. 1571)

Imposible evitar la figura del cretense, que hoy en día goza de gran aceptación popular. Este Muchacho encendiendo una candela, comúnmente conocido como El soplón, es predecesora de sus grandes obras maestras. El artista no había llegado aún a Toledo, su horror vacui aún no se había acentuado. La Escuela Veneciana se dejaba sentir demasiado en su pincelada. Es una obra todavía imperfecta... pero que me encanta. Quizá debido a su imperfección. ¿No os parece la anticipación de un De La Tour?


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Perro semihundido (ca. 1820-1823)
Perro semihundido (F. de Goya, ca. 1820-1823)

Goya podía estar en esta lista por muchas razones, y las "Pinturas negras" son una de ellas. Entre todas, me quedo con este singular perro, que mira hacia lo que parece ser que fueron unos pájaros volando. Simbolista, abstracta, surrealista, expresionista... A esta obra la han insultado de tantas maneras que se me hace muy difícil añadir algo que no suene a pedantería. Adoro esta pintura.



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El retrato de mi hermano muerto (Salvador Dalí, 1963)
El retrato de mi hermano muerto (Salvador Dalí, 1963)


Imposible quedarse con una, sólo una, obra de Dalí. Son muchas sus imágenes poderosas que pueblan mi mente, y lo han hecho prácticamente desde que tengo memoria. Hojeaba a menudo un libro que había en casa (una colección, a decir verdad). Así que mi elección se ha basado en algo bastante simple: fue la primera que recordé cuando dije: "ahora, Dalí".

El hermano de Dalí (que también se llamó Salvador) había muerto unos meses antes que él, a la edad de tres años. El artista llegó a creerse su reencarnación. El cuadro de Dalí representa esa dualidad, la reencarnación del hermano muerto (cerezas de color ocre oscuro) con el  artista de Figueres (cerezas rojas).


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La guerra (J. Gutiérrez Solana, 1920)
La guerra (José Gutiérrez Solana, 1920)

Pocas cosas pueden declararse típicamente españolas como el pesimismo. Y en este sentido, la obra de Solana es una de sus mejores representantes. En sus pinturas macabras hay una gran influencia de la pintura flamenca, pero también de Valdés Leal (autor que se ha quedado fuera de esta lista por "muy poco").


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Aidez l'Espagne (Joan Miró, 1937)
Aidez l'Espagne (Joan Miró, 1937)


La elección de Aidez l'Espagne (¡Ayudad a España!) no ha obedecido, en esta ocasión, a motivos de preferencia, sino de circunstancia. Miró, con este cartel (destinado a sello en el país galo), pedía a gritos la ayuda de nuestros vecinos para detener el avance nacional en favor del bando republicano. Si cambiamos el franco por el euro, este sello mantiene toda la vigencia. Y donde se muestra el puño cerrado, ahora el gesto apropiado sería el de una mano abierta con la palma hacia arriba, en señal de indigencia.


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Paseo a orillas del mar o Paseo por la playa (Joaquín Sorolla, 1909)
Paseo por la playa (J. Sorolla, 1909)

Imperdonable sería no iluminar esta entrada sin el cielo y mar mediterráneos de la mano del genial pintor valenciano. Y es que uno anda enamorado de esa playa, de esas señoras (o señoritas) vestidas a la moda francesa.


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Sileno ebrio (José de Ribera, 1626)
Sileno ebrio (José de Ribera, 1626)

Los cuadros de José de Ribera se produjeron en suelo italiano. Allí encontró el éxito, lo que se podía traducir en un regreso triunfal a la península. Pero no. Escuchen esto que dijo: "Mi gran deseo es volver a España, pero hombres sabios me han dicho que allí se pierde el respeto a los artistas cuando están presentes, pues España es madre amantísima para los forasteros y madrastra cruel para sus hijos". Parece que lo dijo esta misma mañana.

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Las señoritas de Avignon (Pablo Picasso, 1907)
Las señoritas de Avignon (Pablo Picasso, 1907)

Precisamente Picasso fue uno de esos que para ser profeta aquí tuvo que "moverse". Claro está que España no iba a recibir con los brazos abiertos una obra tan anticipatoria como Las señoritas de Avignon. Ya le costó que lo hicieran incluso en los ambientes parisinos más vanguardistas.

Todo lo bueno que se puede extraer del cubismo está aquí, desde la técnica perfeccionada en el más mínimo detalle (y así lo confirman los bocetos de esta obra) hasta la confluencia en un solo lienzo de herencias pictóricas. Hay manierismo en el alargamiento de las formas, hay arte escultural íbero, hay arte africano en los rostros-máscara y la elección de los tonos tierra. Hay una obra que transgrede sin agredir, que es desvergonzada y a la vez es respetuosa con la tradición de la que resulta singular heredera.


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Alegoría de la vanidad (Antonio de Pereda, ca. 1632-1636)
Alegoría de la vanidad (Antonio de Pereda, ca. 1632-1636)

No podía faltar en esta lista de diez, que aquí concluye, una vanitas. En una riña interna, Pereda y Valdés Leal han competido hasta el último instante, y aún creo que es del todo arbitrario que, sin que uno resultara vencido, el otro haya resultado vencedor.


En: Arte