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sábado, 27 de octubre de 2012

Laberintos

El reto que mi amiga gourmet ha planteado esta semana, generoso con los cinéfilos, me da pie a hurgar en ese rompecabezas tan antiguo como el pensar: la complejidad expresada como un arte. ¿Qué nos motiva a crear -y a creer- en los laberintos sino el innato deseo de volver complejo una idea simple?

The Minotaur, G. F. Watts
Laberinto de Creta, el más famoso de la antigüedad. Lo construyó el rey Minos, para ¿encerrar? allí al temible Minotauro. Es bastante conocido el mito, no voy a extenderme en sus detalles, sólo en su paradoja. ¿Por qué encerrar allí al monstruo, si tanta vergüenza causaba -unos monumentales cuernos que le puso Pasífae con un toro, que luciría también sus propios cuernos el buen animal-?, ¿por qué no matarlo? ¿Por qué no desterrar el oprobio, por qué no eliminar la monstruosidad y su ignominioso origen en vez de eliminarlo definitivamente? En su lugar, se le ubica en una edificación. Con una puerta, por la que entra Teseo con la intención de matarlo, por la misma puerta que, en los años que estuvo allí confinado, el Minotauro nunca se atrevió a salir.

Porque esta es la paradoja del laberinto cretense. Es impensable que en la vida del Minotauro, éste nunca hubiera recorrido los pasillos de su compleja residencia en muchas ocasiones, infinitas. Y en estas tantas veces que pasó por la puerta, ¿nunca estuvo tentado de salir? ¿No añoraría el denostado monstruo la libertad? ¿No le motivaría -si es que la libertad fuera un concepto extraño para él- la curiosidad por lo existente más allá de sus intrincados dominios?

Me imagino que conoceréis el relato de Borges. Y también el lienzo de Watts. Ambos, a su manera, se nutren de la paradoja de este laberinto.