domingo, 4 de noviembre de 2012

Laberintos IV: lo divino y lo terrenal

Las catedrales góticas no permanecieron ajenas a la arquitectura vacua del laberinto. Suponen la cristianización del laberinto de Teseo. Ya el monstruo está muerto, en su lugar hay un centro y una ausencia. Y como ocurre siempre con los vacíos, se divinizan.

Vamos a recrearnos en dos laberintos: el de la Catedral de Chartres y la de Reims.

Laberinto de Chartres (1205)
El de Chartres es el único que se conserva en el mismo sitio para el que fue concebido. Circular, por analogía celeste posiblemente. Al parecer, el centro estaba ocupado por una representación en bronce (o latón) del mito de Teseo. Para matar al monstruo, la Revolución la utilizó para fabricar cañones. El diámetro de este laberinto es idéntico al que figura en el rosetón de la fachada de la Catedral. Recorrer el laberinto, de sentido único, es un acto de penitencia. ¿Las reglas? Se recorre de rodillas, recitando el Miserere, en lo que se echa una horita más o menos. Aproximadamente, lo que se tarda en recorrer una legua. Esta es la distancia que debió recorrer Jesucristo en su subida al monte Calvario. No sé a vosotros, a mí estos paralelismos me fascinan. Porque, por lo demás, el laberinto deja de ser complejo para volverse extremo. No se trata de bifurcaciones, callejones sin salida o trampas letales. Es un único camino, arduo, sustentado en la fe, simbólico... y hacia un único fin, la salvación. Lo que proyecta ese camino único hacia el infinito y más allá.

Dibujo del laberinto de Reims, 1885
El de Reims es un laberinto octogonal, con falsos octógonos en las esquinas, en el interior de los cuales se encuentran cuatro arquitectos, artífices de la catedral. El personaje que hay en el centro del laberinto está identificado como el arzobispo Aubry de Humbert, a quien se debe el inicio de las obras, en 1211. Curioso minotauro éste, en cualquier caso. La idea del laberinto es idéntica a la de Chartres, excepto en la forma. Pero es aliento de otro laberinto de gran calado, el de la biblioteca de Umberto Eco en El nombre de la rosa. Se trataba de llevarlo de un espacio abierto a otro cerrado, construir los pormenores que posibilitaran su incendio y encerrar en él a un bibliotecario. Como decía Eco, el laberinto concebido según posturas manieristas estaba preconcibiendo los laberintos rizomáticos. Del árbol de Porfirio a la insubordinación de las redes. Vale. Me he pasado de rosca. ¿Y qué es un rizoma? Otro laberinto, el de la modernidad.


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